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25 noviembre, 2016

¿Tienen derechos los animales?

— ¡Eh, Francisca, ¿tú que crees?, ¿tienen derechos los animales? —dijo Lisa.

— Tú me estás tomando el pelo —rió Francisca—. Algunos no quieren admitir ni que las personas tenemos derechos, así que quién admitiría que los animales los tienen. Además, puedo imaginarme algún día de abogada en los tribunales defendiendo a un gato al que le han pisado la cola.

— ¿Y qué piensas de los niños? —añadió Marco—. ¿Tienen derechos?

— ¡Los niños! —rió Francisca de nuevo—. Están a medio camino entre las personas y los animales. Así es como piensan algunos.

— Los niños adquieren derechos cuando crecen —comentó Bernardo Bejarano.

— ¡Qué va! —dijo Marco—. Uno tiene derechos desde el momento en que nace. Tienes derecho a ser alimentado y vestido. Tienes derecho a la salud y a la educación. Tienes un montón de derechos desde que eres un chiquillo.

— Pero, ¿y los animales? —insistió Lisa—. ¿Tienen derecho a que no los maten y se los coman?

— Ellos tienen derecho a matarnos y comernos si nos atrapan —contestó Bernardo—, y nosotros tenemos derecho a matarlos y comerlos a ellos si los atrapamos.

— ¿Es lo mismo respecto de las personas? —Preguntó Harry— ¿Es precisamente el ser capaz de capturarlos lo que nos da derecho a matarlos? 

— Por supuesto —contestó Bernardo—. Y cuando esto ocurre lo llamamos guerra y eso está permitido.

Matthew Lipman, Lisa

25 octubre, 2010

Los suicidios en el centro de trabajo: El caso de France Télécom (1993-2010)

El diario parisino Le Monde de 26 de setiembre de 2009 apareció con un vistoso titular en portada: “Carrera de la productividad, competencia despiadada: ¿por qué los empleados se suicidan en el puesto de trabajo?” De la portada se reenvía a una amplia encuesta, dirigida por el periódico, situando en el centro del problema los 23 suicidios que, durante el verano, se han sucedido en France Telecom. El artículo de fondo que abre la encuesta está firmado por Cristophe Dejours, reputado profesor universitario de psicoanálisis de la salud del trabajo (1). Se titula: “Contra el aislamiento, la urgencia de una dimensión colectiva”. En estas semanas sale el libro del mismo Dejours en colaboración con la psicóloga del trabajo Florence Bègue: Suicide et travail: que faire? (2) Este texto es el resultado de una investigación y una reflexión que han tomado nota de cinco suicidios en la fábrica de revisión y reparación de aviones en Mermot.

La cuestión de los suicidios en el trabajo viene en Francia desde hace al menos un decenio. En la misma France Télécom decenas de suicidios de empleados, en los primeros años del nuevo siglo, todavía no habían taladrado las crónicas. Sin embargo, todo lo que estaba sucediendo en la gran empresa de telecomunicaciones ya lo había publicado Dominique Decéze en 2004: La Machine à broyer (3). El libro describe de manera precisa “los nuevos métodos de la brutal gestión” de la empresa recién privatizada, que realizó una radical reestructuración. En las cubiertas de dicho libro aparece impreso: “Cuando las privatizaciones matan”.

En la central nuclear de Chinon los cuatro suicidios, en 2007, de técnicos de alto nivel crearon alguna alarma. Los ocho suicidios de trabajadores de las empresas que gestionaban el mantenimiento de la misma central, (fueron denunciados por la CGT en 1995) aparecieron en las crónicas locales (4). En 2007, seis suicidios en la Peugeot de Mulhouse se añaden, en el mismo periodo, a los cuatro suicidios de ingenieros en Tecnocentro de Guyancourt (Renault). La gran mayoría de estos gestos extremos afectaron a empleados; técnicos; empleados de nivel medio-alto y a obreros altamente especializados.

Lo nuevo
El carácter nuevo y preocupante está en el hecho de que la mayoría de los suicidios se consuman de manera dramática en el mismo centro de trabajo. Los que se matan fuera dejan, no obstante, cartas de lúcida denuncia de las insoportables condiciones de trabajo. Por otra parte, también han habido numerosos intentos de suicidio. Durante los años 2007 y 2008 la prensa nacional ofrece algunos espacios informativos de estos sucesos. Las empresas organizan silenciosamente investigaciones internas. Impresiona el silencio político y la prudencia sindical. Pero estas tragedias se pierden en las crónicas sin suscitar debate público alguno. En marzo de 2009, Paul Moreira realiza por la red televisiva France 2 el documento Travailler à en mourir. El documentalista toma nota de los suicidios en el Tecnocentro de la Renault y relata situaciones similares en otros centros de trabajo. Consigue una audiencia sorprendentemente alta. Moreira, con el periodista y escritor Hubert Prolongeau, amplía las investigaciones en un banco, en el Tecnocentro ya citado y en la planta siderúrgica Arcelor-Mittal. En septiembre de 2009, cuando explota el caso Télécom, Flammarion publica el resultado de la investigación Travailler à en mourir (5).

Enormes resistencias se oponen a darle relevancia pública a estos gestos tan enraizados en lo íntimo de la persona y, desde siempre, situados en lo insondable de la esfera privada. Las direcciones empresariales indican inmediatamente dificultades psicológicas o perturbaciones de la vida familiar. Los sindicatos se encuentran desconcertados y desarmados. Y, sin embargo, estos suicidios en el puesto de trabajo dejan mensajes desesperados pero concretos.

Fuente: La Factoría

Penitent Magdalene

George La Tour

04 septiembre, 2010

El Castigado, por Marqués de Sade

Bajo la Regencia ocurrió en París una aventura lo bastante extraordinaria como para ser contada con interés aún en nuestros días. Por un lado presenta una secreta corrupción, que nada pudo nunca aclarar bien, y por otro tres crímenes atroces, cuyo autor nunca fue descubierto.

Se sostiene que monsieur de Savari, viejo solterón, maltratado por la naturaleza, pero pleno de ingenio, agradable como compañía y que solía reunir en su mansión de la rue Déjeuneurs a la mejor sociedad posible, había elucubrado la idea de poner su casa a disposición de ciertas prostituciones de un tipo muy particular. Únicamente las señoras o las jóvenes de la alta sociedad, que querían, en la sombra del más absoluto secreto, gozar sin consecuencias de los placeres de la voluptuosidad, encontraban en esa casa cierto número de socios dispuestos a complacerlas, de modo que esas intrigas momentáneas nunca tenían consecuencias y las mujeres cosechaban solamente las flores sin verse amenazadas por las espinas que demasiado a menudo acompañan a esos arreglos, en cuanto toman el público giro de una frecuentación regular. La dama o la señorita encontraba al día siguiente, en sociedad, al hombre con quien había tenido trato en la víspera, sin dar señales de conocerlo y sin que éste pareciera distinguirla de las otras mujeres, y por eso, nada de celos en los matrimonios, nada de padres irritados, nada de separaciones, nada de conventos; en una palabra: ninguna de las funestas consecuencias que acarrean esta clase de asuntos. Era difícil encontrar algo más cómodo.

Sin duda resultaría peligroso describir este plan en nuestros días; indiscutiblemente, habría que temer que su exposición despertara la idea de volver a ponerlo en práctica, en un siglo en que la depravación de ambos sexos franqueó ya todos los límites conocidos. Eso, si al mismo tiempo no ofreciéramos la cruel aventura con que fue castigado el inventor.

Monsieur de Savari, autor y ejecutor del proyecto, que estaba obligado, aunque sin sentirse incómodo, a sólo tener valet y una cocinera para no multiplicar los testigos de los excesos de la casa, vio llegar una mañana a un conocido, que venía a invitarse a comer. -Vaya, encantado -le contesta monsieur de Savari-; para demostrarle a usted el placer que me produce, mandaré que le vayan a buscar el mejor vino de mi bodega...

-Un momento -dice el amigo en cuanto el valet recibe la orden-, voy a ver si La Brie no nos engaña... conozco los barriles, voy a seguirlo y a observar si en verdad va a sacar del mejor.

-Bueno, bueno -dice el dueño de casa, tomando del mejor modo la broma-, si no fuera por mi lamentable estado, yo mismo lo acompañaría, pero me dará usted una alegría yendo a ver si ese bribón no nos da una cosa por otra.

El amigo sale, entra en la bodega, se apodera de una barra, mata al valet, sube de inmediato a la cocina, pone a la cocinera sobre la mesada, mata incluso a un perro y a un gato que encuentra a su paso, y vuelve a las habitaciones de monsieur de Savari, quien incapáz de defensa alguna a causa de su estado, se deja aplastar como sus sirvientes. El despiadado matador, sin turbarse, sin sentir el menor remordimiento por lo que acaba de hacer, detalla tranquilamente, en la página en blanco de un libro que encuentra sobre la mesa, el modo en que actuó; no toca nada en absoluto, no se lleva nada, sale de la casa, la cierra y desaparece.

La casa de monsieur de Savari era demasiado frecuentada como para que esa cruel carnicería no fuera descubierta rápidamente. Alguien golpea, y como nadie contesta, con la seguridad de que el dueño de casa no puede haber salido, rompen las puertas y advierten el estado espantoso en que está el hogar de ese infortunado. El flemático asesino, no contento con comunicar al público los detalles de su acción, había puesto sobre un reloj adornado con una cabeza de muerto y con la divisa: "Mirad para poner en orden vuestra vida", había colocado, como dije sobre esa sentencia, un papel en el que se leía: Consideren su vida y no se sorprenderán de su fin.

Semejante suceso no tardó en difundirse; se revolvió toda la casa, y lo único que encontraron en relación con esa atroz escena fue una carta anónima de mujer, dirigida a monsieur de Savari, que contenía estas palabras:

"Estamos perdidos, mi marido acaba de enterarse de todo, piense usted en la solución; solamente Paperel puede calmar su furia, haga que le hable, porque de lo contrario no hay que esperar ningún tipo de salvación".

Un tal Paperel, tesorero de presupuesto extraordinario de guerra, hombre amable y de amena compañía, fue citado. Aceptó que solía ver a monsieur de Savari, pero que, entre las personas de la corte y de la ciudad que iban a su casa, que eran más de cien, a la cabeza de las cuales podía colocarse al duque de Vendôme, él era uno de los que menos lo frecuentaban.

Varias personas fueron arrestadas y casi de inmediato puestas en libertad. Al final se supo lo bastante como para convencerse de que el asunto tenía innumerables ramificaciones, que además de comprometer la honra de padres y maridos de la mitad de la capital, iban a poner en la picota a un número infinito de personas del más alto rango; por primera vez en la vida, en las cabezas magistrales la prudencia reemplazó a la severidad. El asunto se detuvo allí, por lo cual la muerte de ese desdichado, demasiado culpable sin duda como para ser compadecido por la gente honesta, nunca encontró un vengador; pero si esa pérdida nada significó para la virtud, es de creer que el vicio la lamentó durante mucho tiempo, y que aparte de la alegre turba que recogía tantos mirtos en casa de ese tierno hijo de Epicuro, las hermosas sacerdotisas de Venus, que iban día a día a quemar incienso en los altares del amor, debieron llorar la demolición de su templo.

Ahí pueden ver cómo todo está regulado. Un filósofo diría, leyendo esta narración: si de mil personas a quienes pudo tocar este suceso, quinientos resultaron contentas y las otras quinientas, afligidas, la acción se vuelve indiferente. Pero si por desgracia el cálculo arroja ochocientos seres desdichados por la privación de los placeres que resultó de la catástrofe, contra sólo doscientos que salen ganando, monsieur de Savari hacía más bien que mal y el único culpable fue el que lo sacrificó al resentimiento; dejo que ustedes decidan este asunto y paso rápidamente a otro tema.


Por encima de la ley, debajo de los box springs - Woody Allen

The New Yorker, 21 de noviembre de 2005.
Traducción: Alberto Román

Wilton Creek se localiza en el centro de las Grandes Planicies, al norte de Shepherd's Grove, a la izquierda de Dobb's Point y justo encima de los acantilados que forman la constante de Planck. La tierra es cultivable y se encuentra sobre todo en el suelo. Una vez al año, los vientos huracanados provenientes del Kinnah Hurrah cortan veloces los campos abiertos, llevándose consigo a los granjeros que realizan su faena y depositándolos cientos de millas más al sur, donde con frecuencia deciden reestablecerse y abren boutiques. En la mañana gris de un martes de junio, Comfort Tobias, el ama de llaves de los Washburn, entró en la casa de sus patrones tal y como lo había hecho cada día de los últimos diecisiete años. El hecho de que la hubieran despedido nueve años antes no impedía que Comfort fuera a limpiar, y desde que los Washburn dejaron de pagarle por sus servicios, la valoran más que nunca –antes de trabajar para los Washburn, Tobias era una susurradora de caballos en un rancho en Texas, hasta que padeció una crisis nerviosa cuando un caballo le contestó en un susurro.

—Lo que más me sorprendió —recuerda—, es que el caballo sabía mi número del Seguro Social.

Cuando aquel martes Comfort Tobias entró en la casa de los Washburn, la familia se encontraba fuera, de vacaciones. (Se habían embarcado como polizontes en un crucero que iba a las islas griegas, y a pesar de que se escondían en toneles y soportaron tres semanas sin comida ni agua, los Washburn se las arreglaban todos los días para colarse hasta cubierta a las tres de la madrugada y jugar golfito.) Tobias subió las escaleras para cambiar un foco.

—A Mrs. Washburn le gusta que cambien sus focos cada martes y viernes, sea o no necesario —explicó—. Le encantan los focos frescos. Las sábanas las cambiamos una vez al año.

En el instante en que el ama de llaves entró en la recámara principal, supo que algo andaba mal. Fue entonces que lo vio. ¡No podía creer lo que tenía ante sus ojos! Alguien había estado en el colchón y arrancado la etiqueta que decía “Está prohibido por la ley quitar esta etiqueta si Ud. no es el consumidor”. Tobias se estremeció. Se le doblaron las piernas y sintió náuseas. Algo le dijo que fuera a ver las recámaras de los niños y, cómo no, allí también habían arrancado las etiquetas de los colchones.

La sangre se le heló al descubrir una anchísima sombra deslizarse ominosa sobre la pared. El corazón se le salía por la boca y estuvo a punto de gritar hasta que reconoció su propia sombra, y luego de hacerse el firme propósito de ponerse a dieta, le telefoneó a la policía.

—Jamás había visto nada parecido —dijo el jefe Homer Pugh—. Cosas como ésta no suceden en Wilton Creek. Bueno, una vez alguien se metió a la pastelería del pueblo y se chupó la mermelada de las donas, pero la tercera vez que ocurrió, colocamos francotiradores en el techo y lo matamos en el acto.

—¿Por qué, por qué? —sollozaba Bonnie Beale, una vecina de los Washburn—. Tan absurdo, tan cruel. ¿En qué clase de mundo vivimos para que alguien que no es el consumidor arranque las etiquetas de los colchones?

—Antes de esto —declaró Maude Figgins, la maestra del pueblo—, cuando salía siempre podía dejar mis colchones en la casa. Pero ahora cada vez que salgo, lo mismo de compras que para cenar, me llevo conmigo todos los colchones de la casa.
Poco después, a la medianoche, dos personas iban a toda velocidad por la carretera que va a Amarillo, Texas, en un Ford rojo con placas falsas que de lejos parecían verdaderas, pero luego de observarlas con mayor detenimiento uno descubría que estaban hechas de mazapán. El conductor tenía un tatuaje en el antebrazo derecho que decía “Paz, Amor, Decencia”. Cuando se levantaba la manga izquierda, sin embargo, mostraba otro tatuaje con la leyenda “Error de impresión. No le hagan caso a mi antebrazo derecho”.

A su lado se encontraba una joven mujer rubia que podría haberse considerado hermosa si no hubiera sido la viva imagen del Maestro Yoda. El conductor, Beau Stubbs, acababa de fugarse de la prisión de San Quintín, adonde lo habían encerrado por conducta desordenada. A Stubbs lo declararon culpable de tirar una envoltura de TinLarín en la calle y el juez, aduciendo que Stubbs no había mostrado el mínimo arrepentimiento, lo sentenció a dos cadenas perpetuas consecutivas.

La mujer, Doxy Nash, se había casado con un empresario de pompas fúnebres y trabajaba con él. Stubbs entró a su agencia funeraria un día, sólo para ver. Fascinado, trató de entablar conversación con Doxy, pero ella estaba muy atareada cremando a alguien. No pasó mucho tiempo antes de que Stubbs y Doxy Nash comenzaran a tener una relación secreta, a pesar de que ella lo descubrió casi de inmediato. A su marido empresario de pompas fúnebres, Wilbur, le cayó bien Stubbs y le ofreció enterrarlo gratis si aceptaba hacerlo ese mismo día. Como única respuesta, Stubbs lo noqueó y huyó con su esposa, no sin antes substituirla por una muñeca inflable. Una noche, luego de los tres años más felices de su vida, Wilbur Nash se quedó intrigado cuando le pidió a su mujer más pollo y ella de pronto reventó y revoloteó por todo el cuarto en círculos cada vez más pequeños hasta quedarse quieta en la alfombra.

De la cabeza hasta los pies con calcetines, que mantenía en un amplio saco de excursionista junto con sus pies verdaderos, Homer Pugh alzaba un metro con setenta y dos centímetros. Pugh ha sido policía desde que guarda memoria. Su padre fue un célebre asaltabancos y la única forma en que Pugh pudo pasar algún tiempo de calidad con él fue las conversaciones que había sostenido con él en cada una de ellas, a pesar de que no pocas se desarrollaran siguiendo la cadencia de los disparos.

Le pregunté a Pugh qué pensaba del caso.

—¿Mi teoría? —me respondió Pugh—. Dos vagabundos que quieren ver el mundo —y comenzó a cantar “Moon River” mientras su mujer, Anne, nos servía unos tragos y yo recibía una cuenta por 56 dólares. Justo en ese momento el teléfono sonó y Pugh lo levantó. La voz del otro lado inundó la habitación con fuerza.

—¿Homer?

—Willard —dijo Pugh. Era Willard Boggs, el Motociclista Boggs de la Policía Estatal de Amarillo. La Policía Estatal en Amarillo es un grupo de excelencia y sus elementos no sólo deben ser físicamente notables, sino que deben pasar un riguroso examen escrito. Boggs reprobó este examen en dos ocasiones: la primera al no poder explicar satisfactoriamente ante el sargento encargado la filosofía de Wittgenstein, y la segunda al cometer un error en su traducción de Ovidio. Pero como ejemplo de su tesón, Boggs tomó clases especiales y su tesis sobre Jane Austen permanece como un clásico entre el batallón de motociclistas que patrullan las autopistas de Amarillo.

—Le tenemos echado el ojo a una pareja —le dijo al Jefe Pugh—. De conducta muy sospechosa.

—¿Cómo qué? —preguntó Pugh mientras encendía el enésimo cigarrillo. Pugh está consciente de los peligros para la salud que causa el tabaquismo, por lo que sólo utiliza cigarrillos de chocolate. Cuando los prende, el chocolate se derrite sobre sus pantalones, origen de cuentas gigantescas de lavandería para el salario de un policía.
—La pareja entró en un restorán elegante de aquí —prosiguió Boggs—. Ordenó una cena completa con barbacoa, vino y todas las guarniciones posibles. Se gastó una cantidad enorme y después trató de pagar con etiquetas de colchón.

—Detenlos —dijo Pugh—. Mándalos aquí, pero sin decirle a nadie cuáles son los cargos. Tan sólo di que concuerdan con la descripción de dos individuos a los que queremos interrogar por acariciar a una gallina.

La ley estatal sobre la alteración de etiquetas de un colchón a manos de alguien que no es su propietario se remonta a principios del siglo XIX, cuando Asa Chones tuvo una disputa con su vecino a propósito de un marrano de su propiedad que se había metido al patio de al lado. Los dos hombres disputaron la posesión del cerdo por varias horas hasta que Chones cayó en la cuenta de que no se trataba de un puerco sino de su esposa. La cuestión fue sometida al juicio del consejo de ancianos del pueblo, los cuales dictaminaron que las características de la esposa de Chones eran tan porcinas como para justificar la confusión. En un acceso de rabia, Chones irrumpió en la casa del vecino esa misma noche y arrancó todas las etiquetas de los colchones del hombre. Asa Chones fue aprehendido y sometido a juicio. El colchón sin la etiqueta, razonó el veredicto de la corte, “demerita la integridad del relleno”.

Al principio, Nash y Stubbs mantuvieron su inocencia, aduciendo que eran un ventrílocuo y su muñeca. Para las dos de la madrugada, ambos sospechosos comenzaron a flaquear bajo el implacable interrogatorio de Pugh, quien de forma genial había decidido interrogarlos en francés, un lenguaje desconocido para los sospechosos y en el que por lo tanto les resultaba difícil mentir. Al final, Stubbs confesó.

—Nos paramos frente a la casa de los Washburn a la luz de la luna —dijo—. Sabíamos que la puerta principal estaba siempre abierta, pero forzamos la entrada sólo para mantenernos en forma. Doxy volteó todas las fotos familiares de los Washburn hacia la pared para que no hubiera testigos. Supe de los Washburn en la prisión, por Wade Mullaway, un asesino en serie que desmembraba a sus víctimas y se las comía. Trabajó como chef para los Washburn, pero ellos prescindieron de sus servicios el día que se encontraron una nariz desconocida en el suflé. Yo sabía que no sólo era ilegal sino un crimen contra Dios quitar las etiquetas de los colchones que no son propiedad de uno, pero yo seguí escuchando esta vocecita que me insistía en que lo hiciera. Si no me equivoco era la voz de Walter Cronkite. Yo arranqué la etiqueta del colchón de los padres Washburn, Doxy hizo lo propio con los colchones de los hijos. Estaba empapado en sudor, el cuarto se me hacía borroso, toda mi infancia pasó ante mis ojos, luego la infancia de otro chico y finalmente la infancia del Nizam de Hyderabad.

En el juicio, Stubbs eligió actuar como su propio abogado, pero un conflicto sobre sus honorarios produjo aún más enconos. Visité a Beau Stubbs en el Pabellón de la Muerte, donde numerosas apelaciones lo mantuvieron con vida por una década, tiempo que aprovechó para aprender un oficio y convertirse en un piloto comercial muy calificado. Estuve presente cuando se ejecutó la sentencia. A Stubbs, Nike le pagó una jugosa cantidad por los derechos para televisión, además de permitir que la compañía de artículos deportivos imprimiera su logo en la capucha que utilizó en el momento decisivo. A pesar de que la pena de muerte en tanto factor disuasorio aún se debate, los estudios más recientes muestran que el promedio de los criminales reincidentes cae casi 50% después de su ejecución.

Woody Allen

31 marzo, 2010

Sócrates - Allen

Woody Allen

Mi apología

De todos los hombres célebres que han existido, el que más me habría gustado ser es Sócrates. Y no sólo porque fue un gran pensador pues a mí se me reconocen varias intuiciones razonablemente profundas, si bien las mías giran invariablemente en torno a una azafata de la aviación sueca y unas esposas. No, lo que más me atrae de este sabio entre los sabios es su valor ante la muerte. No quiso renunciar a sus principios, sino que prefirió dar su vida para demostrarlos. Personalmente, la idea de morir me asusta y cualquier ruido inconveniente, tal como el escape de un automóvil, me sobresalta hasta el punto de echarme en los brazos de la persona con la que estoy conversando. Al final, la valerosa muerte de Sócrates confirió a su vida auténtico significado, algo de lo que mi existencia carece totalmente, aunque posea una mínima pertinencia para el Departamente de Impuestos sobre la Renta. Confieso que muchas veces he querido ponerme en el lugar del insigne filósofo, y en todas el
las me he quedado inmediatamente transpuesto y he tenido el siguiente sueño.

La escena transcurre en mi celda. Acostumbro a estar sentado y solo, resolviendo algún intrincado problema de pensamiento racional, por ejemplo: ¿ Podemos considerar un objeto como una obra de arte si sirve también para limpiar la estufa? En este preciso momento me visitan Agatón y Simmias.

AGATÓN: Ah, mi buen amigo y viejo sabio, ¿qué tal discurren tus días de confinamiento?

ALLEN: ¿Qué cabe decir del confinamiento, Agatón? Sólo el cuerpo puede ser sujeto a límites. Mi mente vaga con toda libertad, sin que estas cuatro paredes le pongan trabas. Así que en verdad puedo preguntar, ¿existe el confinamiento?

AGATÓN: Ya, pero ¿y qué ocurre si quieres dar un paseo?

ALLEN: Buena observación. No podría.

Los tres permanecemos inmóviles en actitudes clásicas, casi como en un friso. Finalmente Agatón toma la palabra.

AGATÓN: Me temo que traigo malas noticias. Te han condenado a muerte.

ALLEN: Ah, me entristece ser causa de controversia en el senado.

AGATÓN: De controversia, nada. Unanimidad.

ALLEN: ¿ De veras?

AGATÓN: En la primera votación.

ALLEN: Vaya. Esperaba un poco más de apoyo.

SIMMIAS: El senado está furioso con tus ideas sobre un Estado utópico.

ALLEN: Sospecho que no debí sugerir que eligieran a un filósofo-rey.

SIMMIAS: Sobre todo cuando, carraspeando, te señalabas a ti mismo.

ALLEN: Aun así no consideraré malvados a mis verdugos.

AGATÓN: Ni yo tampoco.

ALLEN: Ejem, sí, bueno… ¿qué es el mal sino sencillamente en bien hecho en exceso?

AGATÓN: ¿Cómo puede ser?

ALLEN: Míralo de esta manera. Si un hombre entona una bonita canción, resulta grato al oído. Si la canta una y otra vez, te producirá jaqueca.

AGATÓN: Cierto.

ALLEN: Y si no cesa nunca de cantar, llegará un momento en que querrás estrangularle con un calcetín.

AGATÓN: Sí. Muy cierto.

ALLEN: ¿Cuándo ha de cumplirse la sentencia?

AGATÓN: ¿Qué hora es ahora?

ALLEN: ¿¡Hoy!?

AGATÓN: Es que necesitan la celda.

ALLEN: ¡Bien, pues que así sea! Dejemos que me quiten la vida. Que quede escrito que muero antes de renunciar a los principios de la verdad y la libertad de pensamiento. No llores, Agatón.

AGATÓN: No lloro. Es alergia.

ALLEN: Para el hombre sabio, la muerte no es un fin sino un principio.

AGATÓN: ¿Por qué?

ALLEN: Bueno, deja que lo piense un minuto.

SIMMIAS: Tómate el tiempo que necesites.

ALLEN: ¿No es cierto, Simmias, que el hombre no existe antes de haber nacido?

SIMIAS: Muy cierto.

ALLEN: Ni existe después de haber muerto.

SIMMIAS: Sí, estoy de acuerdo.

ALLEN: Hmmmm.

SIMMIAS: ¿Y bien?

ALLEN: Espera un momennto, caramba. Me siento perplejo. Ya sabes que me dan únicamente cordero para comer y que nunca está bien asado.

SIMMIAS: La mayoría de los hombres comtempla la muerte como el fin de todo. Y en consecuencia la temen.

ALLEN: La muerte es un estado de no-ser. Lo que no es, no existe. Y sin embargo no existe la muerte. Sólo la verdad existe. La verdad y la belleza. Son intercambiables, y también aspectos de sí mismas. Ejem, ¿dijeron en concreto qué proyectos tenían para mí?

AGATÓN: Cicuta.

ALLEN(desconcertado): ¿Cicuta?

AGATÓN:¿Recuerdas aquel líquido negro que agujereó tu mesa de mármol?

ALLEN: ¡No me digas!

AGATÓN: Una sola cucharada. Aunque te la darán en un cáliz para que no se derrame nada.

ALLEN: Me pregunto si dolerá.


AGATÓN: Dijeron que procurases no hacer una escena. Los demás presos se pondrían nerviosos.

ALLEN: Hmmm.

AGATÓN: Les contesté que morirías valerosamente antes de renunciar a tus principios.

ALLEN: Bien, bien… ejem, ¿el concepto “destierro” no se citó nunca en el debate?

AGATÓN: Desterrar quedó suprimido el año pasado. Requeriría demasiada burocracia.

ALLEN: Bueno… claro… (Preocupado y distraído pero intentando conservar el dominio de sí mismo.) Yo, ejem… así que, ejem… ¿y qué más hay de nuevo?

AGATÓN: Oh, me encontré a Isósceles. Tiene una idea estupenda para un nuevo triángulo.

ALLEN: Bien… bien.. (De pronto abandono todo fingimiento.) Mira, voy a ser sincero contigo… ¡No quiero morir! ¡Soy demasiado joven!

AGATÓN: Pero es tu gran oportunidad de morir por la verdad!

ALLEN: No me interpretes mal. Yo sólo vivo para la verdad. Por otra parte, tengo un almuerzo en Esparta la semana que viene, y me molestaría faltar. Me toca pagar a mí. Ya sabéis cómo son esos espartanos, enseguida desenvainan la espada.

SIMMIAS: ¿Se ha vuelto un cobarde el más sabio de nuestros filósofos?

ALLEN: No soy un cobarde, ni tampoco un héroe. Digamos que estoy más o menos por el medio.

SIMMIAS: Un gusano miedoso.

ALLEN: Ése es aproximadamente el punto exacto.

AGATÓN: Pero fuiste tú el que demostró que la muerte no existe.

ALLEN: Un momento, escúchame… claro que he demostrado muchas cosas. Así es como pago el alquiler. Teorías y pequeñas experiencias. Un comentario travieso de vez en cuando. Máximas ocasionales. Es mejor que recoger aceitunas, pero tampoco hay por qué entusiasmarse.

AGATÓN: Pero tú demostraste muchas veces que el alma es inmortal.

ALLEN: ¡Y lo es! Pero sobre el papel. Mira, ése es el gran problema de la filosofía… resulta tan poco funcional en cuanto sales de clase…

SIMMIAS: ¿Y las “formas” eternas? Dijiste que cada cosa existía siempre y siempre existirá.

ALLEN: Me refería principalmente a los objetos pesados. Una estatua o algo por el estilo. Con las personas es muy diferente.

AGATÓN: ¿Y todas tus disertaciones acerca de que la muerte es lo mismo que el sueño?

ALLEN: Así es, pero la diferencia estriba en que cuendo estás muerto y alguien grita: “¡Todo el mundo en pie, ya es de día!”, cuesta un horror encontrar las zapatillas.

El verdugo llega con la copa de cicuta. Su rostro se parece mucho al cómico irlandés Spike Milligan.

VERDUGO: Ah… ya estamos aquí. ¿Quién se ha de beber el veneno?

AGATÓN(señalando hacia mí): Éste.

ALLEN: Caramba, qué copa tan grande. ¿No suelta demasiado humo?

VERDUGO: Es normal. Hay que bebérsela toda, porque la mayoría de las veces el veneno está en el fondo.

ALLEN(por regla general aquí el comportamiento difiere completamente del de Sócrates y me han advertido ya que suelo gritar en sueños): ¡No… no beberé! ¡No quiero morir! ¡Socorro! ¡No! ¡Por favor!

El verdugo me tiende el burbujeante brebaje entre mis abyectas súplicas y todo parece perdido. Entonces el sueño siempre toma un nuevo sesgo, a causa de un innato instinto de supervivencia, y aparece un mensajero.

MENSAJERO: ¡Quietos todos! ¡El senado ha vuelto a votar! Quedan retiradas las acusaciones contra ti. Tu valía ha sido finalmente reconocida y está decidido que se te debe rendir un homenaje.

ALLEN: ¡Por fin! ¡Por fin! ¡Han vuelto a la razón! ¡Soy un hombre libre! ¡Libre! ¡Y me van a homenajear! Deprisa, Agatón y Simmias, preparadme las maletas. Tengo que irme. Praxíteles querrá comenzar mi busco cuanto antes. Pero antes de partir, os brindo una pequeña parábola.

SIMMIAS: Vaya, esto sí que ha sido volver la casaca. ¿Tendrán idea de lo que se traen entre manos?

ALLEN: Un grupo de hombres habita en una oscura caverna. No saben que fuera brilla el sol. La única luz que conocen es el titubeante temblor de las velas que llevan para desplazarse.

AGATÓN: ¿Y de dónde han sacado las velas?

ALLEN: Bueno, digamos que las tienen y basta.

AGATÓN: ¿Habitan en una caverna y tienen velas? Suena a falso.

ALLEN: ¿No podéis aceptar mi palabra?

AGATÓN: Está bien, está bien, pero vayamos al grano.

ALLEN: Un buen día, uno de los moradores de la caverna sale y ve el mundo exterior.

SIMMIAS: En toda su claridad.

ALLEN: Justamente. En toda su claridad.

AGATÓN: Y cuando intenta contárselo a los demás, no le creen.

ALLEN: Pues no. No se lo cuenta a los otros.

AGATÓN: ¿Ah, no?

ALLEN: No, pone una carnicería, se casa con una bailarina y se muere de hemorragia cerebral a los cuarenta y dos años.

Me agarran todos y me obligan a ingerir la cicuta.Por regla general aquí me despierto bañado en sudor y sólo una ración de huevos revueltos y salmón ahumado consigue tranquilizarme.




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