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20 agosto, 2010

Reportaje a Slavoj Žižek

En la prestigiosa Feria del Libro de Frankfurt, en octubre de 2001, Zizek habló con Sabine Reul y Thomas Deichmann sobre subjetividad, multiculturalismo, sexo y falta de libertad luego del 11 de septiembre.




Pregunta: ¿Arrojó el 11 de septiembre nueva luz sobre su diagnóstico de lo que está ocurriendo en el mundo?

Slavoj Zizek: Una de las frases que oímos repetirse sin cesar en las últimas semanas es que nada volverá a ser igual luego del 11 de septiembre. Me pregunto si hay de verdad un cambio tan sustancial. Hay, por cierto, un cambio en el nivel de percepción o publicidad, pero no creo que podamos hablar todavía de una ruptura fundamental. Se confirmaron actitudes y miedos preexistentes, y ahora ocurrió realmente lo que los medios nos decían sobre el terrorismo.

En mi obra, pongo un fuerte énfasis en lo que usualmente se llama virtualización o digitalización de nuestro medio ambiente. Sabemos que el 60% de la gente en el planeta no ha hecho siquiera un llamado telefónico en toda su vida, pero hay un 30% de nosotros que vive en un universo digitalizado construido y manipulado artificialmente, que se distingue de modo creciente de los medios naturales o tradicionales. Parece como si en todos los niveles viviéramos cada vez más una vida desprovista de sustancia. Se consume cerveza sin alcohol, carne sin grasa, café sin cafeína, y eventualmente, sexo virtual... sin sexo.

La realidad virtual, para mí, representa el clímax de este proceso: hay ahora realidad sin realidad.. o una realidad absolutamente regulada. Pero hay otra faceta más. A lo largo de todo el siglo XX, veo una tendencia en sentido contrario, para la que mi buen amigo el filósofo Alain Badiou inventó un bello nombre: "la passion du réel", la pasión por lo real. Es decir, dado precisamente que el universo en que vivimos es un universo de convenciones muertas y artificialidad, la única real experiencia auténtica debe ser algo extremadamente violento, una experiencia desgarradora. Y lo sentimos de alguna manera como una vuelta a la vida real.

P: ¿Sería eso lo que estamos viendo ahora?

SZ: Creo que eso puede ser lo que ha definido al siglo XX, un siglo que comenzó en realidad con la Primera Guerra Mundial. Todos recordamos los escritos de Ernst Jünger, donde ensalza la experiencia del combate cara a cara y la define como la más auténtica. O en el nivel del sexo, el film arquetípico del siglo XX sería Ai No Corrida [El imperio de los sentidos], de Nagisa Oshima, donde la idea es que no se es verdaderamente radical si no se va hasta el fin en un encuentro sexual, si no se torturan el uno al otro hasta que no sobrevenga prácticamente la muerte. Debe hacer extrema violencia para que el encuentro sea auténtico.

Otra figura emblemática en este sentido sería el así llamado 'cutter', un fenómeno patológico muy difundido en los EEUU. Debe haber alrededor de dos millones de personas, en su mayoría mujeres, pero varones también, que se cortan con navajas. ¿Por qué? No tiene nada que ver con masoquismo o impulsos suicidas. Es simplemente que no sienten ser personas reales, de modo que la idea básica es que sólo a través del dolor y cuando se siente la tibieza de la sangre es posible volver a conectarse. Me parece que esta tensión es el trasfondo contra el que se puede apreciar el efecto de aquel acto de que hablamos

P: ¿Se relaciona esto con sus observaciones sobre la muerte de la subjetividad en The Ticklish Subject: The Absent Centre of Political Ontology? Allí dice Ud. que el problema es de lo que llama 'forclusión': la articulación del sujeto es forcluída por la evolución de la sociedad en los últimos años.

SZ: El punto de partida de mi libro sobre el sujeto es que, incluso si se encuentran en neta oposición unas respecto de la otras, casi todas las orientaciones filosóficas actuales concuerdan en una suerte de posición antisubjetivista básica. Por ejemplo, Jürgen Habermas y Jacques Derrida estarían ambos de acuerdo en que el sujeto cartesiano debe ser desconstruido, o, en el caso de Habermas, introducido en una dialéctica subjetiva más amplia. Cognitivistas, hegelianos... todos concuerdan en esto.

Siento la tentación de decir que debemos retornar al sujeto, aunque no a un sujeto puramente racional al modo cartesiano. Mi idea es que el sujeto es inherentemente político, en el sentido en que 'sujeto', para mí, denota una partícula de libertad, uno ya no hunde sus raíces en una sustancia firme cualquiera, sino que se encuentra en una situación abierta. No es posible hoy en día seguir aplicando simplemente las viejas reglas. Enfrentamos paradojas que no nos ofrecen salidas inmediatas. En este sentido, la subjetividad es política.

P: Pero este tipo de subjetividad política parece haber desaparecido. En sus libros habla Ud. de un mundo post-político.

SZ: Cuando digo que vivimos en un mundo post-político, me refiero a una impresión ideológica errónea. En realidad no vivimos en un mundo así, pero el universo existente se presenta como post-político en el sentido de que hay una suerte de pacto social básico según el cual ya no se percibe a las decisiones sociales elementales como decisiones políticas, y no se las discute como tales. Se han vuelto simples decisiones de gesto y de administración. Y los conflictos restantes son en su mayoría conflictos entre diferentes culturas. Tenemos la forma presente de capitalismo global, más algun tipo de democracia tolerante como el último exponente de esa idea. Y, paradójicamente, sólo muy pocos están preparados para cuestionar este mundo.

P: ¿Y qué hay de malo en eso?

SZ: Este mundo post-político parece conservar todavía la tensión entre lo que usualmente llamamos liberalismo tolerante y multiculturalismo. Para mí -y esto a pesar de que nunca me gustó Nietzsche- la vieja oposición nietzscheana entre nihilismo activo y pasivo es la definición que más se adapta a este estado de cosas. Nihilismo activo, en el sentido de no querer nada por sí mismo, es esta auto-destrucción activa que sería precisamente la pasión por lo real, la idea de que, para vivir completa y auténticamente, hay que comprometerse en la auto-destrucción. Por otro lado, está el nihilismo pasivo, lo que Nietzsche llama "el último hombre", que vive una vida estúpida y autocomplaciente, sin grandes pasiones.

El problema con un universo post-político es que tenemos estos dos aspectos enfrentados en una suerte de dialéctica mortal. Me parece que para romper el círculo vicioso hay que reinventar la subjetividad.

P: Dice Ud. también que las élites en nuestro mundo occidental están perdiendo los estribos. Que quieren abandonar viejos conceptos como humanismo o subjetividad. Contra eso, dice Ud. que es importante considerar todo lo que puede ser importante conservar de lo viejo.

SZ: Por supuesto, no estoy en contra de lo nuevo. De hecho, me siento casi tentado de repetir lo que decía Virginia Woolf. Creo que fue en 1914 que dijo que era como si la eterna naturaleza humana hubiera cambiado. Ser humano no significa ya lo mismo. No deberíamos, por ejemplo, subestimar el impacto social intersubjetivo del ciberespacio. Lo que estamos presenciando hoy es una redefinición radical de lo que significa el concepto de ser humano.

En internet, por ejemplo, se dan fenómenos extraños. Están los sitios llamados 'cam', donde la gente expone sus secretos más íntimos en el sentido más vulgar a un público anónimo. Hay sitios donde -incluso yo, con mis gustos decadentes, sufrí un golpe al enterarme de esto- la gente pone una cámara de video en el baño, de modo que se los pueda ver defecar. Es una situación totalmente nueva. No es privado, pero tampoco es público. No es el viejo gesto exhibicionista.

Comoquiera que sea, está ocurriendo algo radical, y hay una cierta cantidad de nuevos términos que se nos proponen para describirlo. El más comúnmente usado es 'cambio de paradigma', denotando que vivimos en una época de paradigmas cambiantes. Así, los cultores de la New Age nos dicen que no tenemos ya un individualismo cartesiano, mecanicista, sino una nueva mente universal. En sociología, los teóricos de la segunda modernidad dicen cosas similares. Y los teóricos del psicoanálisis dicen que ya no rige más el complejo de Edipo, sino que vivimos una era de perversión universalizada.

No creo que debamos aferrarnos a lo viejo, pero estas respuestas son erróneas y no registran verdaderamente el quiebre que está teniendo lugar. Si juzgamos lo que está ocurriendo hoy según los estándares de lo viejo, podemos advertir el abismo de lo nuevo que emerge.

Aquí me gustaría referirme a Pascal, cuyo problema también era la confrontación con la modernidad y la ciencia moderna. Su dificultad era que él quería seguir siendo un cristiano viejo y ortodoxo en esa era nueva, moderna. Es interesante que sus resultados sean mucho más radicales e interesantes para nosotros hoy que los resultados de superficiales filósofos liberales ingleses, que se limitaban simplemente a aceptar la modernidad.

Se advierte lo mismo en la historia del cine, si nos detenemos en la época en que aparece el sonoro. Bien, se podría decir, "¿cuál es el problema?". Adicionando el sonido a la imagen simplemente logramos una reproducción más realista de la realidad. Pero esto no es cierto en modo alguno. Es interesante que los directores que fueron más sensibles a lo que la introducción del sonido representaba realmente fueran generalmente los conservadores, los que lo miraban con excepticismo: Charlie Chaplin (hasta cierto punto), y Fritz Lang. El testamento del Dr. Mabuse, de Lang, presentaba de modo maravilloso esta dimensión espectral, fantasmal, de la voz, mostrando que la voz no es una simple cualidad secundaria de un cuerpo. Lo que no es más que otro ejemplo de cómo un conservador, como si estuviera temeroso del nuevo medio, tiene una comprensión mucho más profunda de su inquietante potencial de radicalidad.

Lo mismo se aplica hoy. Hay gente que dice: "¿Cuál es el problema? Zambullámonos en el mundo digital, en internet, o en lo que sea." No ven realmente lo que está ocurriendo.

P: ¿Por qué entonces la gente declara el inicio de una nueva era cada cinco minutos?

SZ: Precisamente, se trata de un intento desesperado para evitar el trauma de lo nuevo. Un profundo gesto conservador. Los verdaderos conservadores de hoy son los seguidores de los nuevos paradigmas. Tratan desesperadamente de evitar enfrentarse con lo que realmente cambia.

Déjenme volver a mi ejemplo. En El gran dictador, de Chaplin, se satiriza a Hitler con el personaje de Hinkel. La voz es percibida como algo obsceno. Hay una escena maravillosa en que Hinkel da un gran discurso compuesto sólo por palabras obscenas, sin sentido. Sólo cada tanto reconocemos alguna palabra vulgar alemana como 'Wienerschnitzel' o 'Kartoffelstrudel'. Se trataba de una genial intuición: de cómo la voz es una suerte de fantasma espectral. Esto se reveló a los conservadores que eran sensibles a la ruptura de lo nuevo.

De hecho, todos los grandes quiebres ocurrieron de esa manera. Nietzsche era, en este sentido, un conservador, y creo poder decir que también Marx lo era. Marx siempre subrayaba que podemos aprender más de los conservadores inteligentes que de los simples liberales. Hoy, más que nunca, debemos mantenernos en esta actitud. Cuando algo sorprende, golpea, no se puede simplemente aceptarlo. No está bien decir: "Bueno, listo, juguemos los juegos digitales." No deberíamos olvidar nuestra capacidad real de ser sorprendidos. Creo que el peligro mayor de estos tiempos es el de nada más dejarse llevar.

P: Volvamos a algunas de las cosas que nos han sorprendido últimamente. En un artículo reciente Ud. postula la idea de que los terroristas son un espejo de nuestra civilización. No están afuera, sino que reflejan nuestro mundo occidental. ¿Podría explicarse un poco más?

SZ: Se trata, por supuesto, de mi respuesta a la tesis popular de Samuel P. Huntington y otros, que hablan de algo así como un "choque de civilizaciones". No comparto esa tesis, y esto por una serie de razones.

El racismo actual es precisamente este racismo de la diferencia cultural. Ya no dice: "Soy más que tú." Dice: "Yo quiero mi cultura, tú puedes quedarte con la tuya." Hoy, todos los derechistas dicen eso. De hecho, pueden ser muy posmodernos. Reconocen que no hay una tradición natural, que toda cultura es un constructo artificial. En Francia, por ejemplo, tenemos a la derecha neo-fascista, que se refiere a los desconstruccionistas diciendo: "Bien, la lección del desconstruccionismo en contra del universalismo es que sólo hay identidades particulares. Así que, si los negros pueden tener su cultura, ¿por qué no podríamos nosotros tener la nuestra?"

Deberíamos también considerar la primera reacción de la "mayoría moral" norteamericana, específicamente Jerry Falwell y Pat Robertson, ante los ataques del 11 de septiembre. Pat Robertson es algo excéntrico, pero Jerry Falwell es una figura popular, que apoyó a Reagan y es parte del mainstream, no un tipo raro. Pues bien, su reacción fue la misma que la de los árabes, aunque se retractó unos días después. Falwell dijo que el ataque al World Trade Center era una señal de que Dios ya no protegía a los EEUU, porque los EEUU habían elegido un camino de maldad, homosexualidad y promiscuidad.

De acuerdo al FBI, hay en la actualidad al menos dos millones de derechistas de la así llamada ala radical en los EEUU. Algunos son muy violentos, matan a médicos que hace abortos, por no mencionar el atentado de Oklahoma. Esto, para mí, muestra que la misma actitud violenta, anti-liberal, florece en nuestra propia civilización. Lo veo como una prueba de que el terrorismo es un aspecto de nuestro tiempo: no podemos ligarlo con una civilización particular.

Respecto del Islam, deberíamos leer historia. De hecho, me parece que es muy interesante volver la vista hacia la ex-Yugoslavia. ¿Por qué Sarajevo y Bosnia fueron el centro de un violento conflicto? Porque era la república étnicamente más heterogénea de la ex-Yugoslavia. ¿Por qué? Porque fue dominada más tiempo por los musulmanes, y éstos fueron históricamente los más tolerantes, sin ninguna duda. Nosotros los eslovenos, y los croatas, ambos católicos, los echamos hace varios siglos.

Esto prueba que no hay nada inherentemente intolerante en el Islam. Debemos preguntarnos más bien por qué este aspecto terrorista del Islam surge precisamente hoy. La tensión entre tolerancia y violencia fundamentalista se halla en el interior de una civilización.

Otro ejemplo: en la CNN vemos al presidente Bush leyendo la carta de una niña de siete años, hija de un piloto que ahora vuela sobre Afganistán. En la carta dice que ella quiere a su padre, pero que si su país necesita que muera, ella está dispuesta a perderlo en aras de su país. El presidente Bush describió esto como patriotismo americano. Ahora bien, hagamos un simple ejercicio mental: imaginemos una niña afgana diciendo eso. Diríamos de inmediato: "¡Qué cinismo, que fundamentalismo, qué manipulación infantil!" De modo que ya hay algo en nuestra percepción. Pero lo que nos ofende de otros, también nosotros lo hacemos en cierta manera.
P: ¿Multiculturalismo y fundamentalismo pueden entonces ser las dos caras de una misma moneda?

SZ: No hay nada que decir en contra de la tolerancia. Pero cuando se "compra" esta tolerancia multiculturalista, otras cosas vienen con ella. ¿No es sintomático que el multiculturalismo eclosione precisamente en el mismo momento histórico en que desaparecen del espacio político los últimos rastros de la clase obrera? Para muchos antiguos izquierdistas, este multiculturalismo es una especie de sucedáneo de la política obrera. Ni siquiera sabemos si existe ya la clase obrera, para no hablar de la explotación de unos por otros.

Quizás no tenga nada de malo. Pero está el peligro de que aspectos de la explotación económica se conviertan en problemas de tolerancia cultural. Y ahí sólo se requiere un paso ulterior, el que da Julia Kristeva en su ensayo «Etrangers à nous mêmes», al decir que no podemos tolerar a los otros porque no podemos tolerar la otredad en nosotros mismos. Eso es lo que yo llamo un craso reduccionismo cultural pseudo-psicoanalítico.

¿No es a la vez triste y trágico que el único movimiento político relativamente fuerte, no marginal, que todavía dialoga con la clase trabajadora esté conformado por populistas de derecha? Son los únicos. Jean-Marie Le Pen en Francia, por ejemplo. Me perturbó verlo hace tres años en un congreso del Front National. Hizo subir al podio a un negro francés, a un argelino y a un judío, los abrazó y dijo: "No son menos franceses que yo. Mi único enemigo son las empresas internacionales cosmopolitas que descuidan los intereses de Francia." Es el precio que pagamos: sólo la derecha habla todavía de explotación económica.

La otra cosa que me parece mal de la tolerancia multiculturalista es su habitual hipocresía, en el sentido de que el otro al que toleran es ya un otro reducido. Lo otro está bien siempre y cuando se trate solamente de una cuestión de alimento, cultura, danzas. ¿Y la extirpación del clítoris? Tengo amigos que dicen: "Debemos respetar a los Indios." Perfecto, pero ¿qué hay de esa antigua costumbre india según la cual, cuando un hombre muere hay que quemar a su esposa con él? ¿Respetamos eso? Aquí surgen los problemas.

Un problema aun más importante es que dicha noción de tolerancia enmascara efectivamente a su opuesto, la intolerancia. Es un tema recurrente en mis libros el hecho de que, desde esta perspectiva liberal, la percepción básica de otro ser humano es siempre como la de algo que puede de algún modo dañarnos.

P: ¿Se refiere a lo que llamamos cultura de la víctima?

SZ: El discurso de la victimización es hoy casi el discurso dominante. Se puede ser víctima del medio ambiente, del cigarrillo, del acoso sexual. Encuentro algo triste esta reducción del sujeto a víctima: funciona aquí una noción extremadamente narcisista de la personalidad, y que es, de hecho, intolerante, en la medida en que implica que no podemos ya tolerar encuentros violentos con otros... y esos encuentros siempre son violentos.

Detengámonos por un instante en el acoso sexual. Me opongo, por supuesto, a él, pero seamos francos. Imaginemos que sufro un impulso pasional, me he enamorado de otro ser humano, y declaro mi amor, mi pasión, por él o ella. Siempre hay en esto algo perturbador, violento. Puede parecer una broma, pero no hay nada de ello: no se puede emprender un juego de seducción erótica de modo políticamente correcto. Hay un momento de violencia; cuando se dice: "Te quiero, te amo." De ningún modo es posible eludir este aspecto violento. Creo que este temor al acoso sexual incluye a este aspecto, el temor de un encuentro demasiado abierto, demasiado violento, con otro ser humano.

Otra cosa que me molesta en el multiculturalismo es cuando me preguntan: "¿Cómo puede estar tan seguro de no ser un racista?" Mi respuesta es que hay una sola manera: cuando se puede intercambiar insultos, bromas brutales, chistes sucios, con un miembro de una raza diferente, y ambos sabemos que no hay detrás una intención racista. Si, por el contrario, jugamos el juego políticamente correcto, "Oh, cómo te respeto, qué interesantes son tus costumbres...", es racismo invertido, y es repugnante.

El ejército yugoslavo era una mezcla de nacionalidades... ¿Cómo nos hacíamos amigos con los albanos? Cuando empezábamos a intercambiar obscenidades, insinuaciones sexuales, chistes. Esta es la razón por la que el respeto políticamente correcto no es más que -para decirlo en las palabras de Freud- 'zielgehemmt' [de meta inhibida]. Todavía persiste la agresión hacia el otro.

Creo que hay una piedra de toque del verdadero amor: se puede insultar al otro. Como en esa horrible comedia alemana, un film de 1943 en que Marika Röck trata a su prometido de un modo brutal. Este novio es una persona rica e importante, y el padre de ella le pregunta por qué lo trata así. Ella responde: "Es que lo amo, puedo hacer con él lo que quiera." Así son las cosas. Si hay verdadero amor se pueden decir cosas horribles, y no pasa nada.

Cuando el multiculturalismo nos pide respeto por los otros, no puedo evitar pensar que esto se acerca peligrosamente al modo en que tratamos a nuestros hijos: la idea de que deberíamos respetarlos, aun cuando sepamos que aquello en lo que creen no es cierto. "No deberíamos destruir sus ilusiones." No, creo que no se merecen que los tratemos como niños.

P: En su libro sobre el sujeto, habla Ud. de un "verdadero universalismo", que se opondría a este falso sentido de armonía global. ¿A qué se refería con eso?

SZ: Aquí tengo que hacerme una simple pregunta habermasiana: ¿cómo podemos fundar la universalidad en nuestra experiencia? Naturalmente, no acepto este juego posmoderno según el cual todos vivimos en una suerte de universo particular nuestro. Creo que hay una universalidad. Pero no creo en una universalidad a priori de reglas fundamentales o nociones universales. La única verdadera universalidad a la que tenemos acceso es la universalidad política, que no equivale a cierto sentido idealista abstracto, sino a una solidaridad en la lucha.

Si estamos comprometidos en la misma lucha, si descubrimos que -y éste para mí es el auténtico momento de solidaridad- feministas y ecologistas, o feministas y obreros, todos tenemos de repente esta misma revelación: "Oh Dios, ¡pero si nuestra lucha era en última instancia la misma!" Esta universalidad política sería la única auténtica universalidad. Y esto, claro, es lo que falta hoy, porque hoy la política no es más que una mera negociación de compromisos entre diferentes posiciones.

P: ¿Lo post-político subvierte la libertad de la que se ha venido hablando tanto en las últimas semanas? ¿Es eso lo que quiere decir?

SZ: Lo que digo es que lo que nos venden hoy como libertad es algo de lo que se ha vaciado esta más radical dimensión de libertad y democracia. En otras palabras, la creencia de que las decisiones básicas respecto del desarrollo social se discuten o son zanjadas involucrando a la mayor cantidad de gente posible, una mayoría. En este sentido, no tenemos hoy una experiencia real de libertad. Nuestras libertades se reducen crecientemente a la libertad de elegir nuestro estilo de vida. Hasta cierto punto se puede elegir incluso la identidad étnica.

Pero este nuevo mundo de libertad descripto por gente como Ulrich Beck, que dice que todo es asunto de negociación reflexiva, de elección, puede incluir nueva no-libertad. Mi ejemplo favorito es éste (y aquí tenemos ideología en estado químicamente puro): sabemos que es hoy muy difícil, en cada vez más dominios profesionales, obtener un trabajo duradero. Académicos o periodistas, por ejemplo, firman contratos de dos o tres años, que luego deben renegociar. Por supuesto, la mayoría de nosotros siente esto como algo traumático, perturbador, con lo que nunca se puede estar seguro. Pero entonces viene el ideólogo posmoderno: "Bueno, pero ésta es tu nueva libertad... ¡Puedes reinventarte cada dos años!"

El problema para mí, es el modo en que se oculta la falta de libertad, se la enmascara precisamente en aquello que se nos presenta como libertades nuevas. Me parece que la explosión de estas nuevas libertades, que caen en el dominio de lo que Michel Foucault llamó el "cuidado de sí", implica mayor falta de libertad social.

Veinte o treinta años atrás, todavía estaba la discusión de si el futuro sería fascista, socialista, comunista o capitalista. Hoy nadie siquiera se molesta en discutirlo. Estas elecciones sociales fundamentales ya no son percibidas como materia de decisión. Un cierto dominio de cuestiones radicalmente sociales fue simplemente despolitizado.

Me parece muy triste que, precisamente en una época en que tienen lugar cambios enormes, y en que de hecho se transforman profundamente las coordenadas sociales, no sintamos que esto es algo sobre lo que podemos decidir libremente.


11 junio, 2010

El retorno de los nativos, por Slavoj Žižek


Original en inglés publicado en New Statesman, el 04 de Marzo de 2010

Avatar, de James Cameron, cuenta la historia de un ex-marine discapacitado, enviado desde la tierra para infiltrarse en la raza de unos nativos de piel azul de un planeta distante y persuadirlos de que la minera que lo emplea explote los recursos naturales de su patria. Mediante una compleja manipulación biológica, la mente del héroe controla a su "avatar" en el cuerpo de un joven aborigen, convirtiéndose así en uno de ellos.

Dado el hiperrealismo 3D del film, con su combinación de actores reales y alteraciones digitales animadas, Avatar puede compararse con películas tales como Quién engañó a Roger Rabbit (1988) o The Matrix (1999). En cada una de ellas, el héroe queda atrapado entre la realidad ordinaria y un universo imaginario -de dibujos animados en Roger Rabbit, de realidad digital en The Matrix, o de la realidad cotidiana digitalmente mejorada del planeta en Avatar. Lo que hay que tener en cuenta es que, aunque la narrativa de Avatar supuestamente tiene lugar en la misma realidad "real", estamos lidiando -al nivel de nuestra economía simbólica subyacente- con dos realidades: el mundo ordinario del colonialismo imperialista por un lado, y el mundo de fantasía poblado por aborígenes que viven en una relación incestuosa con la naturaleza, por el otro. (Este último no debe ser confundido con la miseria actual de los pueblos explotados). El final de la película debe verse como la plena migración del héroe desde la realidad al mundo de fantasía - como si, en The Matrix, Neo decidiera volver a sumergirse completamente en la matrix.

Sin embargo esto no significa que debamos rechazar a Avatar en nombre de una aceptación más "auténtica" del mundo real. Si sustraemos la fantasía de la realidad, la realidad misma pierde consistencia y se desintegra. No se trata de elegir entre "aceptar la realidad o vivir en la fantasía": si realmente queremos cambiar o escapar de nuestra realidad social, lo primero que hay que hacer es cambiar las fantasías que se ajustan a esta realidad. Como el héroe de Avatar no hace esto, su posición subjetiva es la que Jacques Lacan, con respecto a Sade, llamó le dupe de son fantasme (la víctima de su fantasía).

Por eso es tan interesante imaginar una secuela de Avatar en la que, luego de un par de años (o tal vez meses) de bendición, el héroe comienza a sentir una extraña incomodidad, añorando la corrupción del universo humano. El origen de este malestar no radica en el hecho de que, por más perfecta que sea la realidad cotidiana, tarde o temprano nos decepciona. Semejante fantasía nos decepciona precisamente por su perfección: lo que señala esta perfección es que en ella no hay lugar para nosotros, los sujetos que la imaginan.

La utopía imaginada en Avatar sigue la fórmula de Hollywood para formar parejas - la larga tradición del héroe blanco resignado a mezclarse entre los salvajes para encontrar una pareja sexual a su medida (recuerden Danza con Lobos). En un típico producto de Hollywood, todo, desde el destino de los Caballeros de la Mesa Redonda hasta los asteroides cayendo sobre la tierra, termina incorporándose a la narrativa edípica. El clímax ridículo de éste procedimiento de montar grandes eventos históricos como el mero escenario de la formación de una pareja es Reds, de Warren Beatty (1981), en el que Hollywood encuentra la forma de rehabilitar la Revolución de Octubre, posiblemente el acontecimiento histórico más traumático de la historia del siglo XX. En Reds, la pareja de John Reed y Louise Bryant atraviesa una crisis emocional; su amor vuelve a encenderse cuando Louise mira a John pronunciar apasionadamente un discurso revolucionario.

A continuación vemos escenas de la pareja haciendo el amor, intersecadas con postales arquetípicas de la revolución, algunas de las cuales remiten al acto sexual de manera muy obvia; por ejemplo cuando John penetra a Louise, la cámara enfoca una calle donde un oscuro grupo de manifestantes rodea y detiene a un penetrante y "fálico" tranvía - y todo esto con "La Internacional" de fondo. Cuando el mismo Lenin aparece, en el momento del clímax, dirigiéndose a una sala repleta de delegados, parece más bien un sabio maestro supervisando el amor de la pareja que un frío líder revolucionario. Hasta la Revolución de Octubre está bien, de acuerdo a Hollywood, si sirve a la reconstitución de una pareja.

Y de la misma manera, Titanic, el éxito anterior de Cameron, ¿realmente se trata de la catástrofe de la nave chocando un iceberg? Habría que prestar atención al instante de la catástrofe: coincide con el momento en el que los jóvenes amantes (Leonardo DiCaprio y Kate Winslet), vuelven a la cubierta del barco inmediatamente después de haber consumado su relación. O acaso es más crucial la escena en la que, en la cubierta, Winslet le dice a su amante que cuando el barco llegue a Nueva York al día siguiente, ella se irá con él, prefiriendo una vida en la pobreza con su verdadero amor que una vida falsa y corrompida entre los ricos.

En este momento el barco choca contra el iceberg, con el fin de evitar lo que sin duda hubiera sido la verdadera catástrofe, es decir, la vida de la pareja en Nueva York. Uno puede suponer que pronto la miseria cotidiana destruiría su amor. La catástrofe ocurre entonces para poder salvarlo, para sostener la ilusión de que, de no haber ocurrido, ellos hubieran vivido "felices por siempre". Otra clave de esto está en los momentos finales de DiCaprio. Él se está congelando en el agua helada, muriéndose, mientras Winslet flota a salvo sobre un gran pedazo de madera. Consciente de que lo está perdiendo, solloza "nunca voy a dejarte ir". Y mientras dice ésto, le da un empujón con las manos.

¿Por qué? Porque él ya ha hecho su trabajo. Detrás de la historia de amor, Titanic cuenta otra historia: la de una chica mimada de alta sociedad con una crisis de identidad: confundida, no sabe qué hacer de sí misma. Y DiCaprio, mucho más que sólo su amante, es una especie de "mediador fugaz" cuya función es restaurar su sentido de identidad y su propósito en la vida. Sus últimas palabras antes de sumergirse en las frías aguas del Atlántico Norte no fueron las de un amante despidiéndose sino las de un predicador, diciéndole a ella que tiene que ser honesta y fiel a sí misma.

El marxismo superficial en versión Hollywood de Cameron (su crudo privilegio por las clases bajas y la caricaturesca representación del egoísmo cruel de los ricos) no debe decepcionarnos. Detrás de esa simpatía por los pobres yace un mito reaccionario, ya en pleno funcionamiento en Captains Courageous, la novela de Rudyard Kipling. Se trata de la crisis de un rico cuya vitalidad se renueva a través del contacto íntimo con la sangre pura de los pobres. Detrás de esa compasión se esconde la explotación vampírica de los pobres.
Pero hoy Hollywood parece haber abandonado esa fórmula. La película sobre Ángeles y Demonios, el libro de Dan Brown, puede considerarse como el primer caso de adaptación de una novela popular en la cual el sexo entre el héroe y la heroína ha sido quitado de la película; lo que contrasta claramente con la vieja tradición de agregar escenas de sexo a una película basada en una novela en la que no hay sexo. No hay nada liberador en esta ausencia de sexo; más bien estamos lidiando con otra prueba del fenómeno descripto por Alain Badiou en su Éloge de l'amour - En nuestra era pragmática y narcisista, la noción misma del amor, del apego pasional al compañero sexual, es considerada obsoleta y peligrosa.

La fidelidad de Avatar a la vieja fórmula para formar una pareja, su plena confianza en la fantasía, y su historia del hombre blanco desposando a la princesa aborigen y así convirtiéndose en rey, hacen de ella una película ideológicamente conservadora, de vieja escuela. El brillo técnico sirve para maquillar este conservadurismo básico. Entre sus temas políticamente correctos (el hombre blanco honesto acompañando a los aborígenes en su lucha contra el "complejo militar-industrial" del invasor imperialista) podemos encontrar fácilmente una serie de motivos brutalmente racistas: un paria parapléjico de la tierra es suficiente para tomar la mano de la hermosa princesa local, y ayudar a los nativos a ganar su batalla decisiva. La película nos enseña que la única opción que tienen los aborígenes es elegir entre ser víctimas de la realidad imperialista, o desempeñar su papel asignado en las fantasías del hombre blanco.

Mientras Avatar recauda millones alrededor del mundo (generó mil millones de dólares en menos de tres semanas) está ocurriendo algo que misteriosamente se parece mucho a su trama. Las colinas del sur del estado indio de Orissa, habitadas por el pueblo Dongria Kondh, fueron vendidas a unas empresas mineras que planean explotar sus inmensas reservas de bauxita (se considera que el valor de sus depósitos asciende a 4 billones de dólares). En respuesta a esto explotó una rebelión maoísta (el movimiento naxalita).
Arundhati Roy, de la revista Outlook India, escribe en su nota que la guerrilla maoísta:


Está conformada casi en su totalidad por tribus desesperadamente pobres viviendo en condiciones de hambre crónica, equiparable a las hambrunas del África Subsahariana. Son personas que incluso 60 años después de la así llamada independencia de la India no han tenido acceso a educación, salud o asistencia legal. Son personas que han sido explotadas sin piedad durante décadas, sistemáticamente engañadas por pequeños comerciantes y prestamistas, las mujeres violadas como por cuestión de derecho por parte de la policía y el personal del departamento forestal. Su retorno a un mínimo de dignidad se debe en gran parte a cuadros maoístas que han vivido, trabajado y luchado a su lado por décadas. Si los tribales se han levantado en armas, lo han hecho por causa de un gobierno que no les ha dado más que violencia y negligencia, y que ahora quiere arrebatarles lo único que les queda: su tierra. Ellos creen que si no luchan por su tierra serán aniquilados. Su ejército, en harapos, malnutrido, formado por soldados que en su mayoría nunca han visto un tren o un autobús, o incluso una pequeña ciudad, están peleando sólo por supervivencia.

El primer ministro indio caracterizó esta rebelión como "la amenaza más grande a la seguridad interna"; los grandes medios, que la presentan como una resistencia extremista al progreso, abundan en historias acerca del "terrorismo rojo", en reemplazo de las ya consabidas historias sobre el "terrorismo islámico". No es de extrañar que el Estado indio responda con una gran operación militar contra los "bastiones maoístas" en la selva de la India central. Y es cierto que ambas partes están siendo brutalmente violentas en esta guerra, es cierto que la "justicia popular" de los maoístas es dura. ¿Pero por qué? Porque su situación es precisamente la de la chusma de la que hablaba Hegel: los rebeldes naxalitas son salvajes hambrientos, a quienes se les niega el mínimo de una vida digna.

Entonces, ¿cómo ubicar a la película de Cameron en este contexto? En ningún lado: En Orissa no hay nobles princesas esperando que su héroe blanco las seduzca y ayude a su gente, sólo maoístas organizando campesinos hambrientos. El film nos permite practicar una típica división ideológica: simpatizar con los aborígenes idealizados mientras se desestima su lucha real. Las mismas personas que disfrutaron de la película y admiraron a los rebeldes aborígenes con toda seguridad le darían la espalda a los naxalitas, calificándolos como terroristas asesinos. El verdadero avatar es entonces Avatar en sí: la película como sustituto de la realidad.

(Gracias Mathieu por facilitarme el artículo)

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